| |
Mensaje del Secretario General de las Naciones Unidas, Kofi Annan,
al inicio del 59° Período de Sesiones de la Asamblea General
en Nueva York:
Me congratulo de ver a tantos países aquí
representados a tan alto nivel. Sé que ello es exponente de que,
en estos tiempos difíciles, las Naciones Unidas representan para
ustedes, tal como lo expresaron hace cuatro años en la Declaración
del Milenio, el hogar común e indispensable de toda la familia
humana.
Efectivamente, el mundo necesita hoy más que nunca un mecanismo
efectivo que permita hallar soluciones comunes a problemas comunes, y
con ese fin fue creada esta Organización. No cabe imaginar que,
en caso de que hagamos mal uso de ella, vayamos a encontrar un instrumento
más efectivo.
El próximo año por estas fechas se reunirán ustedes
para examinar los progresos logrados en el cumplimiento de la Declaración
del Milenio. Espero que, para entonces, estén en condiciones de
tomar conjuntamente decisiones audaces sobre la totalidad de los temas
diversos abordados en la Declaración, con la asistencia del informe
del Grupo de alto nivel sobre las amenazas, los desafíos y el cambio,
que estará a su disposición antes de que finalice el año
en curso.
Como declaré hace un año, la senda que se extiende ante
nosotros se ha bifurcado. Si ustedes, los dirigentes políticos
de los países del mundo, no pueden llegar a un acuerdo sobre el
camino a seguir, la historia tomará las decisiones por ustedes
y los intereses de sus pueblos pueden quedar en el olvido.
No tengo hoy intención de prejuzgar esas decisiones, sino de recordarles
el importantísimo marco en el que han de ser adoptadas: el imperio
de la ley, tanto en cada país como en el mundo entero.
La visión de un gobierno de las leyes y no de las personas
es casi tan vieja como la propia civilización. En un vestíbulo
situado no lejos de este podio se expone una réplica del código
de leyes promulgado por Hammurabi hace más de tres mil años,
en el territorio que ahora denominamos el Iraq.
Buena parte del código de Hammurabi se nos antoja en la actualidad
de una increíble severidad. Sin embargo, en sus lápidas
están cincelados los principios de justicia que, aunque rara vez
puestos plenamente en práctica, han sido objeto del reconocimiento
de casi todas las sociedades humanas desde entonces:
- Protección jurídica de los pobres.
- Restricciones para los poderosos, a fin de que no puedan oprimir a los
más débiles.
- Promulgación de leyes en público, y de todos conocidas.
Ese código supuso un hito en la lucha de la humanidad por instituir
un orden en el que el derecho no venga impuesto por el poder, sino que
sea fuente de poder. Numerosas naciones representadas en esta cámara
pueden enorgullecerse de contar con documentos fundacionales propios que
encarnan ese simple concepto. Esta Organización que es la suya,
las Naciones Unidas, se funda en el mismo principio.
No obstante, hoy en día el imperio de la ley se ve amenazado en
todo el mundo. Una y otra vez, vemos cómo son despreciadas con
todo descaro las leyes más fundamentales, es decir, aquéllas
que garantizan el respeto de la vida inocente de la población civil
y de los vulnerables, especialmente de los niños.
Entre los numerosos ejemplos flagrantes de actualidad, cabe mencionar
los siguientes:
- En el Iraq, vemos cómo la población civil es sacrificada
a sangre fría, mientras que los trabajadores humanitarios, los
periodistas y demás personal no combatiente son tomados como rehenes
y asesinados de la manera más brutal. Al mismo tiempo, hemos visto
cómo los prisioneros iraquíes eran objeto de ultrajantes
maltratos.
- En Darfur, asistimos al desplazamiento de poblaciones enteras y a la
destrucción de sus hogares, al tiempo que la violación se
utiliza como una estrategia deliberada.
- En el norte de Uganda, vemos a niños mutilados y forzados a tomar
parte en actos de una crueldad atroz.
- En Beslán, hemos visto cómo los niños eran tomados
como rehenes y brutalmente asesinados.
- En Israel vemos cómo la población civil, niños
incluidos, constituye un blanco deliberado de los suicidas palestinos,
mientras que en Palestina asistimos a la destrucción de viviendas,
la confiscación de tierras y el sufrimiento innecesario de las
víctimas civiles causadas por el uso excesivo de la fuerza por
parte de Israel.
Vemos además cómo, en el mundo entero, se está preparando
a la gente para perpetrar nuevos actos de esta índole gracias a
una propaganda del odio dirigida contra los judíos, los musulmanes
y cualquiera a quien se pueda identificar como dife-rente del grupo propio.
Excelencias:
Ninguna causa, ningún agravio, por legítimos que sean en
sí mismos, puede justificar actos semejantes que nos ponen a todos
en evidencia. Su prevalencia es exponente de nuestro fracaso colectivo
en la defensa del derecho y en la conculcación del respeto que
éste merece en nuestros congéneres. Todos tenemos el deber
de hacer lo que esté en nuestra mano para restablecer ese respeto.
A tal fin, hemos de tomar como base el principio de que nadie está
por encima de la ley y a nadie se le debe negar su protección.
Toda nación que proclame el imperio de la ley en su territorio
debe respetarlo también en el exterior; toda nación que
insista en su defensa en el exterior debe también imponerlo en
su territorio.
Sí, el imperio de la ley empieza en casa, pero éste sigue
siendo difícil de alcanzar en demasiados lugares. El odio, la corrupción,
la violencia y la exclusión no obtienen reparación. Los
vulnerables carecen de recursos efectivos, mientras que los poderosos
manipulan las leyes a su antojo para preservar el poder y amasar riquezas.
En ocasiones, se llega incluso a permitir que la necesaria lucha contra
el terrorismo cercene innecesariamente las libertades civiles.
En el plano internacional, todos los Estados, fuertes y débiles,
grandes y pequeños, necesitan un marco de normas justas en cuyo
acatamiento universal todo el mundo confíe. Por suerte, un marco
semejante ya existe. Los Estados han creado un impresionante corpus de
normas y leyes que abarcan desde el comercio hasta el terrorismo y desde
el derecho del mar hasta las armas de destrucción en masa, lo que
constituye uno de los logros que más enorgullecen a nuestra Organización.
Sin embargo, este marco está plagado de lagunas y deficiencias.
Con demasiada frecuencia, se aplica de manera selectiva y se hace valer
de manera arbitraria. Es-te marco no tiene la garra que hace de un corpus
legislativo un sistema jurídico efi-caz.
Allí donde existe capacidad para imponer este marco, como en el
Consejo de Seguridad, muchos consideran que no se utiliza siempre de manera
justa ni eficaz. Allí donde con más seriedad se invoca el
imperio de la ley, como en la Comisión de Derechos Humanos, quienes
lo hacen no siempre practican lo que predican. Quienes pretenden conferir
legitimidad deben primero encarnarla, y quienes invocan el derecho internacional
deben someterse a él.
Al igual que ocurre dentro de un país, el respeto del derecho en
nuestra comunidad mundial depende del sentimiento universal de participación
en su formulación y aplicación. Ninguna nación se
ha de sentir excluida. Todos los países deben sentir que el derecho
internacional les pertenece y protege sus intereses legítimos.
El imperio de la ley como mero concepto no basta. Las leyes deben ponerse
en práctica y deben impregnar toda nuestra vida. Es reforzando
y aplicando los tratados de desarme, en particular sus disposiciones sobre
verificación, como mejor podemos defendernos frente a la proliferación
y el uso potencial de las armas de destrucción en masa. Es aplicando
la ley como mejor podemos negar refugio y recursos financieros a los terroristas,
elemento esencial de cualquier estrategia para vencer al terrorismo. Es
restableciendo el imperio de la ley y la confianza en su aplicación
imparcial como mejor podemos confiar en insuflar nueva vida a las sociedades
devastadas por los conflictos. Es la ley, en particular las resoluciones
del Consejo de Seguridad, la que ofrece más expectativas de resolver
los conflictos prolongados en el Oriente Medio, en el Iraq y en todo el
mundo. Y es respetando y defendiendo rigurosamente el derecho internacional
como mejor podemos, y debemos, asumir nuestra responsabilidad de proteger
a los civiles inocentes frente al genocidio y los crímenes de guerra
y de lesa humanidad. Como ya advertí a esta Asamblea hace cinco
años, la historia nos juzgará con gran severidad si dejamos
que las invocaciones de soberanía nacional interfieran en esta
tarea, o si pensamos que estas invocaciones nos eximen de ella.
El Consejo de Seguridad me acaba de pedir que nombre una comisión
internacional para investigar las denuncias relativas a las violaciones
de los derechos humanos en Darfur y determinar si se han cometido actos
de genocidio, lo que haré a la mayor brevedad. Pero que nadie interprete
esto como una tregua durante la cual los acontecimientos en esa devastada
región siguen su curso. Con independencia de su definición
jurídica, lo que allí está sucediendo debe sacudir
la conciencia de cualquier ser humano.
La Unión Africana ha asumido noblemente el liderazgo y la responsabilidad
del suministro de observadores y de una fuerza para proteger a los habitantes
de Darfur y tratar de hallar una solución política, la única
vía para alcanzar una seguridad duradera. Sin embargo, todos conocemos
las limitaciones actuales de esta Unión Africana recién
nacida, por lo que debemos brindarle todo el apoyo posible. Que nadie
piense que este asunto incumbe únicamente a los africanos. Las
víctimas son seres humanos y los derechos que como tales tienen
deben ser sagrados para todos nosotros. Todos tenemos la obligación
de hacer lo que podamos para darles auxilio, y de hacerlo ahora.
Excelencias:
El mes pasado prometí al Consejo de Seguridad que, durante el resto
de mi mandato, daría prioridad a la labor de la Organización
encaminada a consolidar el imperio de la ley y las instituciones judiciales
de transición en las sociedades que sufren un conflicto o salen
de él.
Del mismo modo, insto a todos ustedes a que redoblen sus esfuerzos para
fomentar el imperio de la ley en sus países y a escala internacional.
Les pido a todos los hoy aquí presentes que aprovechen los mecanismos
que hemos dispuesto para ustedes con miras a la firma de tratados sobre
la protección de la población civil, tratados que ustedes
mismos han negociado, y que posteriormente los apliquen cabalmente y de
buena fe en sus países. Les ruego que apoyen plenamente las medidas
que les presentaré durante este período de sesiones para
mejorar la seguridad del personal de las Naciones Unidas. El personal
no combatiente que corre voluntariamente riesgos para ayudar a sus compañeros
se merece sin duda su protección y respeto.
Excelencias, las víctimas de la violencia y la injusticia de todo
el mundo están esperando que cumplamos nuestra palabra. Se percatan
cuando utilizamos las palabras para encubrir la inacción. Se percatan
cuando no se aplican las leyes que deberían protegerlas.
Creo que es posible restablecer y expandir el imperio de la ley en todo
el mundo, aunque ello dependerá en última instancia de la
importancia que asignen a la ley nuestras conciencias. Esta Organización
se fundó sobre las cenizas de una guerra que hizo sufrir lo indecible
a la humanidad. Hoy debemos volver la vista de nuevo hacia nuestra conciencia
colectiva y preguntarnos a nosotros mismos si estamos haciendo lo suficiente.
Excelencias:
Cada generación tiene una función que desempeñar
en la lucha inmemorial por la consolidación universal del imperio
de la ley, que es la única manera de asegurar la libertad de todos.
No permitamos que nuestra generación sea conocida
por no haber hecho lo que le correspondía.
|