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Mensaje
del Secretario General de las Naciones Unidas sobre Migración y
Desarrollo (9 de julio
de 2007).
Decir
que vivimos en un mundo globalizado es un lugar común; menos sabido
es que la globalización se está produciendo por etapas.
Ahora nos encontramos en la segunda etapa: la era de la movilidad.
En la primera etapa, en tanto se liberaban las corrientes de capital y
de bienes, los beneficios de la globalización iban a parar fundamentalmente
al mundo desarrollado y a sus principales asociados comerciales, entre
ellos Brasil, China e India. En la nueva etapa de la movilidad que se
inicia, las personas atravesarán las fronteras en números
cada vez mayores. En su búsqueda de oportunidades y de una vida
mejor, esas personas pueden hacer que, poco a poco, se desmoronen las
enormes desigualdades que caracterizan nuestro tiempo y se acelere el
progreso en todo el mundo en desarrollo.
Por poner un solo ejemplo: en 2006 los migrantes mandaron a casa 264.000
millones de dólares, el triple de toda la asistencia internacional
combinada. En algunos países, una tercera parte de las familias
depende de esas remesas de fondos para no caer en la pobreza. En todo
el mundo en desarrollo, las remesas de fondos sustentan financieramente
la atención de la salud, la educación y las empresas de
base.
La libre circulación de personas ayuda a agilizar la economía
mundial. Cuando un hospital de Londres necesita enfermeras, las contrata
en Ghana o Sierra Leona. Cuando Google busca programadores, las naciones
en desarrollo suelen ser la fuente. Hasta ahora, esta corriente de personas
ha beneficiado principalmente a los países más ricos y ha
suscitado preocupación por la fuga de cerebros en los más
pobres. Pero cada vez conocemos mejor lo que hay que hacer a fin de que
la ecuación de la migración sea provechosa para todo el
mundo.
Sin embargo, en lugar de prestar atención a los beneficios que
puede reportar la migración en materia de desarrollo, los gobiernos
se han adaptado con lentitud a la situación. Como consecuencia
de ello, están floreciendo la inmigración ilegal, las tensiones
sociales, la discriminación, la desconfianza en los gobiernos y
el poder de las redes delictivas.
En otros tiempos también se produjeron migraciones de escala similar.
A principios del siglo XX, aproximadamente el 3% de la población
mundial había abandonado su lugar de origen. Cien años después,
las Naciones Unidas estiman que hay 191 millones de migrantes internacionales,
una proporción similar. Y el número va en aumento. En un
informe reciente de la OCDE se indica que en 2005 la migración
permanente en los países desarrollados aumentó a una tasa
anual aproximada del 10%.
En la actualidad, los migrantes se desplazan con rapidez y facilidad gracias
al transporte económico. El Internet, la telefonía asequible
y la televisión por satélite los mantienen en contacto constante
con su lugar de origen. Los bancos transfieren electrónica e instantáneamente
a sus familias los ingresos obtenidos con esfuerzo. Entre tanto, la globalización
ha transformado radicalmente los mercados laborales, al tiempo que la
creciente desigualdad económica (junto con las crisis de origen
natural y humano) impulsa la emigración. Es este panorama dinámico
lo que convierte nuestros tiempos en la era de la movilidad.
Casi todos los cambios pueden aprovecharse para reducir la pobreza y la
desigualdad. Las remesas de fondos son un ejemplo claro. Hasta hace sólo
unos pocos años, los migrantes pagaban unas tarifas exorbitantes
para mandar dinero a casa y podían llegar a perder el 20% en gastos
de transacción. Pero entonces los gobiernos, la sociedad civil
y el sector privado se movilizaron para que se redujeran esos gastos.
El Gobierno británico, por ejemplo, estimuló la competencia
estableciendo un sitio web (www.sendmoneyhome.org) que permitía
a los usuarios comparar los costos de las transacciones; los bancos crearon
tarjetas prepagadas y de débito destinadas específicamente
a los migrantes y a sus familiares; las empresas de telefonía móvil
están introduciendo tecnología que permite transferir dinero
por teléfono.
Esas innovaciones ponen de relieve el potencial que tiene la migración
para contribuir al desarrollo. En septiembre de 2006 las Naciones Unidas
celebraron, por primera vez en la historia, una cumbre dedicada a la migración.
Muchos predijeron que se produciría un enfrentamiento encarnizado
entre los países desarrollados y en desarrollo; estos últimos
condenarían la fuga de cerebros y la violación de los derechos
de los migrantes, mientras que los primeros simplemente abandonarían
la sala. Sin embargo, más de un centenar de países entablaron
un intercambio constructivo de puntos de vista. La experiencia fue tan
positiva que suscribieron la propuesta propugnada por mi predecesor de
que se creara el Foro Mundial sobre la Migración y el Desarrollo.
El Foro inaugural comienza hoy (9 de julio) en Bruselas, con la asistencia
de unos 800 delegados de más de 140 países.
El Foro Mundial representa un importante primer paso en nuestro esfuerzo
por aprovechar la energía de la migración para promover
el desarrollo. Aprenderemos de iniciativas como IntEnt, de los Países
Bajos, que ha ayudado a los migrantes a establecer unas 200 empresas en
sus países de origen; los microbancos de México, que permiten
a las comunidades locales servirse de las remesas para hacer inversiones
en educación, salud y actividades empresariales; el Código
internacional de prácticas de contratación ética
de trabajadores de la salud; y las leyes sobre la doble nacionalidad,
que facilitan que los migrantes desempeñen una función mayor
en el desarrollo al llevar su capital, conocimientos y redes de contacto
al país de origen.
No podemos ocultar que la migración también puede tener
consecuencias negativas. El Foro Mundial sobre la Migración y el
Desarrollo nos brinda la oportunidad de abordar esos problemas de manera
amplia y proactiva, de modo tal que los beneficios de la migración
se aprovechen plenamente en los países en desarrollo e industrializados.
Las claves para conseguirlo son valores esenciales que toda la humanidad
comparte: tolerancia, aceptación social, educación y receptividad
mutua a las diferencias culturales.
La migración puede ser una enorme fuerza benefactora. Si nos atenemos
a la evidencia y entablamos una conversación racional y orientada
hacia el futuro sobre el mejor modo de gestionar nuestros intereses comunes,
podemos contribuir juntos a dar paso a la tercera etapa de la globalización,
una era largamente esperada en que más personas que nunca empiecen
a compartir la prosperidad del mundo.
Ban
Ki-moon
Secretario General de las Naciones Unidas
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